Estamos en tiempos de globalización lo cual hace pensar que cuanto mayor mejor. Sin embargo las cosas no siempre son así. En esta vorágine el crecimiento se convierte en un icono al que adoramos con más fe que convencimiento y se suele sacrificar a él casi todo lo demás.
Se está olvidando que las empresas viven de sus clientes y un cliente satisfecho es una fuente de vida permanente. La atención al cliente continua siendo objetivo fundamental.
La realidad es muchas veces diferente y ese afán, legítimo, de crecimiento permanente hace que los objetivos se centren en la captación de nuevos clientes por encima de la satisfacción de los que se tienen.
Aquí hay una vía de actuación de las pequeñas empresas. La personalización del servicio, la oferta modesta pero sólida y la relación directa y franca con el cliente que una pequeña empresa puede y debe ofrecer son la base fundamental de su supervivencia y de su crecimiento. Al que tampoco hay que renunciar por supuesto.
En muchos mercados maduros, en los que es difícil ofrecer una diferenciación real en los productos o servicios ofertados, esta personalización de la que hablamos puede ser la palanca que de ventaja a la pequeña empresa.
Por eso cada mañana el sol sale para todos y el mercado ofrece a cada uno su oportunidad, hay que saber reconocerla y aprovecharla.
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